Retrato en blanco y negro de un hombre con gorra, mirando ligeramente hacia un lado con una expresión pensativa.
Vicente Chambón
Periodista🤠

La primera vuelta presidencial dejó una conclusión que muchos esperaban confirmar apenas en la segunda vuelta: una parte importante del electorado de Paloma Valencia ya había tomado la decisión de migrar hacia Abelardo de la Espriella antes de que terminara la contienda. No hizo falta una negociación posterior, una alianza formal o un proceso de seducción política. El traslado ocurrió de manera casi automática.

Elector enojado

Ese fenómeno dice mucho más sobre los votantes que sobre los candidatos. Tradicionalmente se ha dicho que las elecciones son una confrontación de ideas, programas y visiones de país. Sin embargo, los resultados parecen mostrar una realidad distinta: una porción significativa del electorado no vota necesariamente por quien más lo convence, sino por quien considera el mejor instrumento para derrotar a quien rechaza.

Por eso resulta válido preguntarse cuánto del respaldo recibido por Abelardo de la Espriella corresponde a una verdadera identificación con sus propuestas y cuánto obedece simplemente al deseo de impedir una eventual victoria de Iván Cepeda. Si la respuesta se inclina hacia lo segundo, estaríamos frente a un fenómeno cada vez más frecuente en la política colombiana: el voto reactivo.

La propia actitud de Paloma Valencia después de los resultados ayuda a entender esta dinámica. Durante la campaña de primera vuelta ambos candidatos protagonizaron diferencias, cuestionamientos y contradicciones públicas, pese a pertenecer a sectores ideológicamente cercanos. Sin embargo, conocidos los resultados, el respaldo se produjo con rapidez. Lo que antes parecía una disputa importante pasó a un segundo plano frente a un objetivo superior: cerrar filas contra el adversario común.

Del otro lado tampoco faltaron errores. Iván Cepeda pareció asumir durante buena parte de la campaña que la victoria era cuestión de tiempo. El triunfalismo suele ser un mal consejero en política, especialmente cuando se alimenta de encuestas. El problema no fue solamente creer en ellas cuando lo favorecían, sino descalificarlas cuando mostraban escenarios menos cómodos. Esa contradicción terminó debilitando el discurso y alimentando la percepción de exceso de confianza.

Ahora comienza una carrera contra el reloj. Veinte días separan a Colombia de la segunda vuelta presidencial. En términos electorales es un plazo corto, pero no insignificante. La pregunta es si será suficiente para conquistar a los abstencionistas y convencer a quienes depositaron su voto en candidatos distintos a los dos finalistas.

Los equipos de campaña tendrán que decidir si continúan profundizando la estrategia del miedo al contrario o si intentan construir una narrativa más propositiva. La experiencia reciente sugiere que el rechazo moviliza con más facilidad que la esperanza, pero también deja heridas más profundas una vez termina la elección.

Y ahí está quizá la reflexión más importante. Independientemente de quién resulte elegido presidente, el país necesitará bajar el tono de la confrontación y reconocer la legitimidad del resultado. La democracia no termina cuando se cuentan los votos; apenas comienza una nueva etapa.

Puede sonar a lugar común afirmar que si al presidente le va bien, al pueblo le va bien. Sin embargo, detrás de esa frase hay una verdad innegable: el fracaso de un gobierno no castiga únicamente a quien ocupa la Casa de Nariño, sino a millones de ciudadanos que dependen de las decisiones del Estado para mejorar sus condiciones de vida.

Las elecciones de 2026 parecen confirmar una tendencia que Colombia arrastra desde hace años. Más que elegir a favor de alguien, el país sigue votando en contra de alguien más. Y mientras esa lógica domine el debate público, los candidatos seguirán cosechando apoyos prestados, construidos más sobre el rechazo que sobre la convicción.


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