
Natalia Agudelo Vélez
Psicóloga clínica experta en infancia y adolescencia
Con certificación internacional en disciplina positiva en las familias
Mamá de adolescente

En los últimos meses, comunidades de adolescentes en distintas partes del mundo han llamado la atención al afirmar que se identifican con animales. El fenómeno Therian, amplificado por las redes sociales, ha generado reacciones que van desde la burla hasta la alarma, y plantea una serie de preguntas incómodas:
¿Qué está pasando con la juventud?
Es necesario contextualizar el fenómeno Therian con el ciclo vital de la mayoría de estas personas, siendo la adolescencia la de mayor prevalencia por lo que se hace indispensable comprender que este es el momento de vida donde se dan las principales “crisis de identidad”, la poda neuronal, es decir, a nivel cognitivo, el cerebro disponía de cierta información y ahora se está reprogramando producto del sano desarrollo y evolución cerebral. La adolescencia es, una etapa de búsqueda, de crisis y de construcción de identidad. No es una falla del sistema: es parte del desarrollo.
Adicional a lo fisiológico, a nivel social, durante estas fases, los estímulos externos, las interacciones sociales, las habilidades para la vida y el direccionamiento parental son completamente relevantes en la consolidación de la estructura de personalidad. Por lo que, en este punto, la identidad puede fortalecerse o desarrollarse frágil para la vida adulta. En cuanto a lo psicológico, este periodo de la vida implica que la persona necesita sentirse vista, validada, tenida en cuenta y, sobre todo, sentir que pertenece a un lugar, a un grupo familiar, de amigos, de gustos e intereses comunes.
¿Estos adolescentes tendrán un problema mental?
Más allá de asegurar que pueda haber un trastorno mental de base, sí se debería estudiar este fenómeno como un asunto de salud pública porque esta nueva identidad podría detonar crisis colectivas de ansiedad y de estrés tanto en la comunidad Therian como en el resto de la población que no estaba preparada para vivir el fenómeno de cerca y que la respuesta social se ha dado desde la burla, el rechazo y la discriminación. Para hablar de patologías y diagnósticos clínicos, sería necesaria la evaluación individual ya que también es cierto que algunas de estas personas podrían tener comprometidas sus estructuras internas por lo que hablar de generalidades, es desconocer la particularidad de los casos.
¿Dónde están los padres de estas personas?
Para responder a esta pregunta, es necesario hacer una descripción breve de los estilos parentales, es decir, de las formas de educar a los hijos que influyen en su desarrollo emocional.
Estilo parental con autoridad: límites claros, comunicación constante, validación de emociones y fomento de la autonomía en los hijos. Este estilo ofrece afecto y conexión emocional sin asumir que esto le resta respeto. Implica disponibilidad de tiempo para supervisar actividades y decisiones de los hijos.
Estilo parental autoritario: padres estrictos, con control excesivo y poca conexión emocional. No aceptan opiniones de los hijos, basan la crianza en su legado tradicional de obediencia.
Estilo parental permisivo: los padres confunden afecto con falta de límites, no consideran importante el establecimiento de las normas y tienden a volverse complacientes por miedo a la reacción de sus hijos. Asumen que los hijos, son sus amigos.
Estilo parental negligente: poco establecimiento de límites, delegan la crianza a otras personas (abuelos, cuidadores) o instituciones (escuela, iglesia), escaso interés por el momento de vida de sus hijos. Limitada comunicación y facilita el acceso a dispositivos electrónicos e internet desde temprana edad para tener entretenidos a sus hijos.
Los estilos parentales tienen una consecuencia positiva o negativa en el comportamiento y en la toma de decisiones de los hijos y la forma en cómo los padres eligen acompañar cada etapa del desarrollo, favorece la autoestima y las habilidades sociales o contribuye a los problemas de conducta y de identidad. Entonces, en muchos casos, sin notarlo, los adultos estamos delegando funciones parentales clave y aportando a la sensación de vacío emocional de una generación que no se siente vista ni validada y que encuentra pertenencia a algo, en este caso a una comunidad que les entiende, porque en casa tal vez no. Una generación que no tiene respuestas a conversaciones incómodas con la familia y que las encuentra en internet, en las redes sociales, en muchos casos porque tuvieron acceso desde niños sin control parental, como huérfanos digitales, porque los padres estamos ocupados y/o paralizados por la necesidad de establecer límites a una edad que resulta encartadora.
Sí, es un llamado a la responsabilidad parental porque en últimas, lo que muchos adolescentes pretenden es renunciar a su rol de humano que sufre, que tiene miedo, que ha sido juzgado, comparado y hasta abandonado en la edad más crítica y que psicológicamente encuentra a través del simbolismo, anestesiarse utilizando la fantasía. Claro, debe ser más fácil sentirse animal que tener que lidiar solos con las inseguridades, el bullying, la baja autoestima, y con la desconexión de sus padres.
¿Y si lo que estos jóvenes quieren expresar al afirmar “me identifico con un gato”, están queriendo decir: “me estoy cansando de las comparaciones, de las exigencias sociales por encajar, de la indiferencia de mis padres, de la sobre estimulación de las redes sociales”?
¿Por qué no les reprenden para que se les pase?
En este punto de comprensión del fenómeno, puede surgir la pregunta de qué hacer entonces al respecto por lo que los padres autoritarios a partir de su estilo tradicional, podrían estar considerando castigos, pelas y consecuencias severas; sin embargo, esta situación, temporal por ciclo de vida, es una hermosa oportunidad para volver a conectar emocionalmente con los hijos, para estar informados de estas y otras cosas que les suceden a los adolescentes cuando permanecen mucho tiempo conectados al celular y a las redes sociales sin una supervisión adecuada, a escuchar sin juzgar y sin miedo a poner límites claros en familia. Tal vez el fenómeno Therian no habla de jóvenes que quieren dejar de ser humanos, sino de adolescentes que no quieren seguir sintiéndose solos. Y ahí, más que castigar o ridiculizar, el verdadero desafío es volver a estar: escuchar, acompañar y poner límites con presencia emocional. Porque ninguna identidad virtual sustituye el lugar que debería ocupar una familia disponible.






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